Aquí estamos,

Tratando de vivir a la altura de sus vidas

Buscando ser fieles a su ausencia

Jurando que la impunidad es una etapa temporal

No el fragor que cubre nuestros pasos

No la polvareda de cenizas que carece de nombre

Por ello sólo pedimos contar lo que sabemos

Dar a conocer el relato veraz de cada herida

Los sueños insepultos que la justicia nos debe.


"Las muertas de Ciudad Juárez",

Gabriel Trujillo Muñoz


En 2007 comenzó la andadura de la exposición-instalación CUENTO TRISTE EN CIUDAD JUÁREZ en el festival Okuparte en Huesca. Se trataba de ilustrar la historia de una de las víctimas en una secuencia de 6 imágenes, iluminadas con la crueldad de las bombillas desnudas.

Una plataforma central simbolizaba un cementerio. Las cruces rosas por las asesinadas, las velas por las desaparecidas. Como cabecera los nombres de algunas de las mujeres asesinadas o desaparecidas (lamentablemente no se sabe el número con exactitud).


Desde entonces ha ido transformándose y enriqueciéndose. Se unió al proyecto Nereida Muñoz, integrante del Instituto Aragonés de Antropología. Ella puso voz a esta historia a través de una emotiva carta ficticia.


CUENTO TRISTE EN CIUDAD JUÁREZ ha sido vista en el Centro Raices (Huesca), el C.C. Casablanca, C.C. Casetas, el C.C. Río Ebro y el Bar Entalto (Zaragoza). Mientras alguien tenga interés seguirá rodando...


Como siempre digo, es un homenaje para todas estas mujeres, un pequeño cuento en su memoria aunque tenga que ser, inevitablemente, un cuento triste.


jueves, 28 de octubre de 2010

II

Entre los años setenta y ochenta mi madre, decidió probar fortuna en la frontera entre México y EEUU, en Ciudad Juárez, dónde el trabajo aumentaba aunque fuera bajo pésimas condiciones laborales. Las empresas maquiladoras de fabricación de piezas preferían dar trabajo a las pequeñas manos femeninas, cuya rapidez y disciplina las hacían más eficaces y rentables. Por eso, muchas mujeres de origen humilde, como mi madre, que por avatares de la vida se habían quedado solas al cargo de sus hijos, emprendieron el camino hacia la frontera, hacia lo que creyeron sería un futuro mejor para ellas y los suyos.

Salimos de Tetelco de madrugada, nos fuimos las tres, mi madre, mi hermana mayor y yo. Allí se quedaron nuestros recuerdos de infancia, nuestras pocas pertenencias  y mi abuela, a quién nunca pudimos convencer para que abandonara su pequeña aldea y unos días  antes  tuvimos  que  dejar  descansando  bajo  su  cálida  tierra,  al lado de los  de  siempre, su familia.

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